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Aunque los celtas terminaron siendo absorbidos por la civilización de Roma, nos han legado muchos vestigios y una determinante herencia genética. En la Sierra de la Demanda y sus inmediaciones vivieron los arévacos, turmódigos (o turmogos) berones y pelendones. Son estos últimos restos de la primera oleada céltica que llegó a la Península y, sometidos por los arévacos, han de asentarse en esta zona montañosa.
Son, según Estrabón “el tipo auténtico del guerrero: resistente, pugnaz, superior al hambre y la fatiga, amantes de su libertad, insensibles al calor o al frío. En ciertas épocas del año se alimentan de bellotas, secándola y moliéndola. Fabrican bebida de cebada y, mientras beben, bailan al son de la gaita y la flauta. Todos visten de negro, con ásperas capas de lana. Trenzan en sus piernas bandas de pelo y se cubren con cascos broncíneos. Usan espadas de doble filo y puñales de una cuarta para el combate. Son ganaderos y pastores y, pese a su fiereza, se muestran hospitalarios con los extranjeros, así como inmisericordes con los criminales y parricidas”.
Son abundantes –aunque no están bien conservados– los restos de castros celtíberos, pequeños poblados amurallados asentados en zonas elevadas, con agua en sus cercanías y pastos para los ganados.
En el Museo de Salas pueden contemplarse hallazgos de esta época, así como la reconstrucción de una casa celta.
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