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A Cabezón se llega por la N-234, tomando un desvío a la izquierda, si se llega desde Salas de los Infantes, dirección Soria. La carretera que conduce a Cabezón es un agradable paseo entre robles y pinos.

Apuntes históricos de Cabezón

Datos de Interés

Exponemos a continuación los datos sobre historia del derecho elaborados por el profesor Rafael Sánchez Domingo sobre Cabezón de la Sierra

La primera mención documental sobre Cabezón, con el significado de montículo -cabezo-, la encontramos el 5 de septiembre de 1166 en el Cartulario de Arlanza con motivo del otorgamiento por Alfonso VIII a García de Pinilla y su esposa de la villa de Salgüero, sita entre Rabanera, Cabezón y Pinilla:

"dono vobis domno Garcia de Pinella et uxori sue S. et filiis et filiabus, unam villam quam in alfoz de Lara habeo, que vocatur Salgoiro, et est inter Pinella et Cabezon et Ravanera".

La incorporación al alfoz de Lara tuvo que favorecer el ejercicio del señorío sobre el mismo por parte de sus tenentes, como se documenta en el caso de Cabezón, aunque debió de tratarse de un fenómeno más general. Sin embargo, la zona estuvo al margen de fenómenos esenciales en la comarca, como las masivas donaciones de heredades y divisas de la segunda mitad del siglo XI y por contra destaca la omnipresencia del señorío regio en el siglo XII, pues casi todas las villas pasaron del realengo al abadengo durante este periodo y cuyo dominio presumiblemente era simultáneo y subsidiario del ejercicio sobre el alfoz por el señor de Lara, circunstancia que observamos claramente en el caso de la villa de Cabezón de la Sierra, compatible con la presencia de un nivel de señorío compartido y ejercido por linajes locales, como revela claramente el caso de Pinilla de los Barruecos.

La segunda noticia substancial registrada sobre la villa de Cabezón de la Sierra data del 5 de noviembre de 1172, por la que Alfonso VIII donaba al monasterio benedictino de San Pedro de Arlanza la villa de Cabezón, que hasta ese momento estaba en tenencia del conde Pedro Manrique de Lara:

"Eapropter ego Ildefonsus, dei gratia Ispanorum rex, una cum uxore mea Alienor regina, damus et concedimus Deo et beatorum apostolorum Petri et Pauli de Aslancia monasterio ceterisque reliquiis, que ibi continentur, sanctorum videlicet Vincencii, sabine et Chistete et sancti Pelagii martirum Christi, credentes eorum supplicationibus a pena erui et ab eterno igne liberari, et vobis domno Michaeli, eiusdem monasterii abbati, omnibusque sucessoribus vestris, et monachis ibidem degentibus, tam presentibus quam futuris, villam illam que vocatur Cabezon, in alfoz de Lara, et inter Monten-Calvellum et Turrem crematam et Salgorium sitam, totam ad integrum cum colacis, terris, pratis, pascuis, rivis, molendinis, piscariis, stagnis, montibus, fontibus, cum ingressibus et regresibus, et quantum ibi habemus et habere debemus iure hereditario habere et possidere imperpetuum".

El Cartulario de Arlanza nos proporciona el tercer documento datado el 6 de septiembre de 1266, conteniendo la partición de la renta monasterial entre el abad y el monasterio de Arlanza, determinada por el obispo de Burgos, en el que ordena que el cenobio benedictino reciba anualmente los derechos y privilegios que están escritos, entre otros: "las fonssaderas de Cabeçon todas".

En todo el sector de la cuenca del río Ciruelos, el poblamiento actual, centrado en Mamolar, Pinilla de los Barruecos, Cabezón de la Sierra, La Gallega y Moncalvillo, parece configurarse a partir de los siglos XIII-XIV, a través de un proceso que incluye la despoblación de algunos núcleos menores como Peña Aguada, Salgüero, Quintanilla o Paúles y, a tenor de la tesis de Escalona Monje, llama la atención la falta de jerarquización espacial en todo el sector, que en los documentos aparece como una sucesión inconexa de aldeas y la arqueología permite profundizar  algo más, pues en el paraje denominado  "dehesa de Saelices" entre Castrillo de la Reina, Moncalvillo y Cabezón, se localiza el despoblado de Saelices, que da nombre al río. El elemento principal es una necrópolis de tumbas antropomorfas excavadas en la roca.

En virtud de los datos que nos proporciona el Libro Becerro de las Behetrías del siglo XIV, nos vuelve a recordar que es un lugar propiedad de San Pedro de Arlanza, lugar de solariego y abadengo. Los derechos del rey se cifraban en el pago anual de la martiniega por valor de ciento ochenta maravedís, de los que el rey lleva ciento veinte y el adelantado sesenta. Asimismo los vecinos de Cabezón pagaban al rey monedas, servicios y fonsadera. Por su parte, los derechos del señor abad se concretaban en una libra de cera más treinta maravedís anuales. Los vecinos que sembraban -ponen pan en era- pagaban anualmente en concepto de infurción tres maravedís y por ayuda para el yantar del rey satisfacían ochenta maravedís y al adelantado "de la yantareia" pagaban anualmente doce maravedís. En el Archivo municipal se encuentra una concordia entre el ayuntamiento de la villa de Cabezón de la Sierra y Antonio Manrique de Lara, señor de la villa, concediendo menor estancia a los jueces de residencia e instando a los mismos para que asintieran en la concordia, de lo que se colige que al asentir el señor de la villa en el momento de aprobar las Ordenanzas de Cabezón de la Sierra, esta localidad había sido enajenada por el abad de San Pedro de Arlanza, presumiblemente a principios del siglo XV.

Ordenanzas de Cabezón de la Sierra de 1586. Se trata de un breve corpus ordenancístico de 13 disposiciones y uno de los más antiguos del territorio. Fueron juradas por el regimiento de la villa previa aprobación de su majestad el rey y de Antonio Manrique de Lara, señor de la villa de Cabezón de la Sierra. El regimiento de la villa se encontraba reunido al efecto -congregado a campana tañida- en la casa de Juan Pastor, vecino de la villa.

Entre las normas de carácter público se encuentran la elección anual de regidores del concejo y del alcalde, la obligación de pregonar los oficios públicos (panadería, taberna y carnicería) y que se rematen el día de San Esteban, así como el cometido de los boyeros, vaqueros, porquero y empaniaguado. La obligación comunal del boyero consistía en guardar "sin soldada" las reses desde el día de Navidad hasta el 1º de abril, lo mismo que el vaquero, obteniendo acaso la posible soldada que le facilitaran los vecinos. Además se trata sobre la elección de los oficiales de justicia anualmente con la misión de guardar y hacer guardar las ordenanzas, la construcción de nueva casa o portal por parte de algún vecino que pudiera hacerlo con permiso del concejo y teniendo en primer lugar la teja, tenía licencia para talar diez robles por casa y cuatro robles para el portal.

Entre las normas relativas al ganado, el boyero, vaquero y porquero estaban obligados a guardar personalmente su ganado, siendo responsables del daño que las bestias pudieran ocasionar, tanto en destrozo de campos y mieses como en la muerte de otros animales. Todo vaquero avecindado en la villa de Cabezón de la Sierra que no tuviere en propiedad al menos veinte vacas y que debía guardar desde Navidad hasta mediado el mes de marzo, estaba obligado a guardar las vacas "que le echaren" en la villa, cometido que realizaría con licencia de la justicia. También, posibilidad de domar por parte de todo vecino de Cabezón de la Sierra una vaca cerril antes de que cumpliera tres años, pagando la soldada prorrateada al vaquero. Una importante norma de carácter sanitario consistía en la obligación del propietario de ganado de comunicar a la justicia que sus ganados se encontraban enfermos, "declarando la enfermedad que su ganado parezca tener: si es sañudo o viruelas", bajo pena de doscientos maravedís en caso de no observar este precepto.

Por último, las normas relativas al medio ambiente incluían que cualquier vecino o morador de la villa de Cabezón de la Sierra que cortare algún enebro, debía satisfacer una pena de cien maravedís. Si algún vecino encontraba en sus prados algún buey, vaca o cualquier otro ejemplar de ganado menudo o mayor o lechones, no debía maltratarlos ni herirlos, sino prendarlos y sus respectivos dueños debían pagar los daños causados y su indemnización respectiva al dueño del prado o tierra en virtud de una tabla de tasación que oscilaba entre uno y seis maravedís, en virtud de la cuantía del daño y de la clase de ganado.


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