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La Peña de El Rayo

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Transcribimos aquí el interesante capítulo del profesor e investigador comarcal Rufino Gómez Villar sobre este sugerente topónimo de San Vicente del Valle

La Peña de El Rayo se sitúa en la cornisa rocosa que marca la transición entre el pastizal de Larrea y el hayedo de Santa Brígida, por un lado y la pendiente que desciende vertiginosamente hasta las tierras de labor del Valle de San Vicente.

Probablemente hubo en el Valle de San Vicente una litolatría cuyo recuerdo pervive hoy enmascarado por una leyenda: un rayo resquebrajó la enorme peña que, por el regañón, corona las escarpaduras rocosas del hayedo de Santa Brígida. En esencia, el relato trata de la creencia mítica en la unión de los poderes sagrados del Cielo, representado por el rayo, y de la Tierra, representada en la roca, formulada plásticamente mediante la fuerza artística de la naturaleza.

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La necesidad de contar con una presencia material sagrada, tan característica de las sociedades de todas las épocas, tuvo que abonar desde la prehistoria la idea de la fertilidad asociada a esta gran vagina de piedra. La misma asimilación de la Tierra con la mujer hizo que, por ejemplo, el famoso santuario helénico de Delfos tomara su nombre -delphi:"órgano generador femenino"- de esta imagen mitológica.

Este destacado enclave fue una elección inteligente para convertirlo en imagen sagrada. La Peña del Rayo es una plataforma rocosa, visible y solitaria, que pone fin a los muros naturales del pastizal de Larrea. Sin obstáculos que la oculten, se levanta controlando visualmente todo el Valle de San Vicente y buena parte del monte Masoa. Topografía y paisaje sitúan a la Peña en el plano de lo simbólico. No fue, pues, mera casualidad su elección por las gentes de los tiempos tempranos.

De la misma naturaleza mineral es así mismo la fascinación que brota de otras formaciones rocosas: los salientes de Lasártigo y Aizpuru (Rábanos), las peñas de San Martín (Alarcia) y de Chúrguina (Rábanos), la Peña de Santa María (Valmala), la Peña Bendita (Rábanos), los menhires naturales de Peña Aguda (Pradoluengo), de Peña Rózola (Fresneda) y el de la dehesa de Pradilla, o la impresionante Peña Cuernicabra (Garganchón). Riscos de formas caprichosas que, en buena parte, a lo largo de los siglos, fueron hitos sacralizados, bien como mojones jurisdiccionales o como solares de ermitas y conjuratorios.

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La potente imagen de la Peña del Rayo pudo haber sido reinterpretada posteriormente al asumir el protagonismo femenino una divinidad humanizada, semejante en sus funciones a la diosa céltica Brigit. El culto a esta deidad se documenta en la literatura medieval irlandesa, en cuyos textos aparece como protectora de los trabajos y las artes, de la medicina y la música, asociada a la idea de la fertilidad de los campos. Más clara, si cabe, se muestra la relación lingüística con el mundo celta -no olvidemos la presencia en la comarca de "topos" vasco-célticos, apuntada por Julio Caro Baroja, ni la existencia documentada de ermitas dedicadas a santos relacionados con esa cultura: Santa Columba, San Ginés- ya que la raíz brig- trae el significado de "roca elevada", topografía preferida además para situar los santuarios y epifanías de la diosa.

Hace siglos que el recuerdo de Brigit desapareció de El Valle pero su presencia simbólica sobrevivió ciristianizada en la figura de Santa Brígida. Siguiendo hacia el sur la crestería rocosa que deslinda la llanura del hayedo de la pronunciada cuesta que baja hasta el valle, y a escasos metros de la Peña de El Rayo, se levantó una ermita dedicada a la santa. El pequeño santuario -reducido hoy a un montón de escombros, entre los que se reconocen algunas sepulturas- sirvió de mojón para el hayedo de Santa Brígida, una antigua comunidad forestal y de pastos en la que participaban Eterna, Espinosa y San Vicente. Allá se dirigían las comitivas de estas aldeas el día de la santa, el primero de febrero, para renovar las concordias entre los concejos y codificar nuevamente, bajo formas cristianas, algunos aspectos litúrgicos de la vieja religión de estructura agrícola. La ermita de Santa Brígida fue el testimonio cristiano frente al valor simbólico, pagano, de la roca una vez olvidado su contenido ideológico primero aunque no su memoria.

El prestigio numínico de la roca, por encima de su mera presencia topográfica, se conservaba con toda su potencia en pleno medievo. Hasta el punto de que la principal población del Valle, San Vicente, se documentaba en los siglos XI y XII con el nombre de Peña o San Vicente de Peña (años 1081, 1084, 1131, 1137, 1145) y no sólo en castellano, también con un préstamo de origen indoeuropeo: Ordunte, registrado varias veces en la toponimia del norte de la actual provincia de Burgos y del resto del área vascona. Al referirse un escriba a la presencia testimonial del concejo general de todo el Valle, se ve en la firma de un documento: "tota ordunte ("peña") vallis S. Vincentii".

Casi un siglo más tarde, Mauricio, el obispo bajo cuyo mandato se iniciaron las obras de la catedral gótica de Burgos, reconsagraba en El Valle la célebre iglesia de Santa María. De la efemérides quedó constancia en una inscripción latina grabada en la elegante y sencilla portada románica, aunque confundiendo el género gramatical. Ocurrió en febrero de 1223, al día siguiente de Santa Brígida: "Consecrata est ecclesia ista Sante Marie p. manum Maurici burgensis episcopi altera die Santi Brigi., anno gratie MCCXXIII". Allí permanece, bajo la mirada inexpresiva de La Peña, como si estuviera destinada a satisfacer la curiosidad intelectual que despierta la permanencia de los mitos en las tradiciones rurales.


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