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La localidad de Ezquerra se sitúa a medio camino entre Pradoluengo y Belorado y forma junto a Santa Olalla del Valle y Villagalijo el municipio de este último nombre.

Arceredillo

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Transcribimos el texto del investigador comarcal Rufino Gómez Villar referido a Arceredillo:

Según se acerca el río Urbión hacia el acabamiento del desfiladero de Garganchón y hacia su inmediato hermanamiento con el Tirón, la vegetación cambia radicalmente. Atrás deja el río las estrechas y oscuras orillas escoltadas por los enormes conglomerados que forman la garganta. Allí, entre las sombras del desfiladero, crece una asociación de chopos, alisos, sauces y algunos fresnos adaptados a vivir en el lecho pedregoso del río y que, por su carácter de plantas heliófilas, alcanzan en ocasiones unas dimensiones notables. Mientras tanto, en las paredes rocosas del desfiladero, únicamente donde se ha producido algún acúmulo de tierra, se aferran a la vida algunos ejemplares de encina.

Al salir a la breve llanura que anticipa la unión de los dos ríos, el roble carrasco y la encina caracterizan el paisaje de las colinas, en una formación densa aunque salpicada de otro árbol asociado a estos, el arce, el ezcarro. En las zonas menos secas y pedregosas de las laderas la convivencia entre estas especies se resuelve, incluso, en favor de los arces.

En el último milenio no se han producido cambios substanciales en el paisaje boscoso de esta zona. En los montes que cierran por el oeste la llanada donde confluyen el Tirón y el Urbión existía en el siglo X el mismo bosque de arces, tal y como nos indica la toponimia de los dos diminutos poblados erigidos en el lugar: Ezquerra ("El arce") y Arceredillo.

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Tal vez la única diferencia con el paisaje que hoy podemos contemplar estribe en el porte de los árboles que, para dejar sitio al arado, tuvieron que abatir los campesinos de aquellos siglos primordiales. No deben existir ya en toda Europa ezcarros como el que inspiró el nombre del caserío de Ezquerra, apenas un racimo de fuegos dispersos en torno a la parroquia de Santa María y, al otro lado de los dos ríos, el de Arceredillo, una aldea destinada a decaer y convertirse en una granja. Esta es su pequeña historia:

En el año 1037 el noble Rodrigo Galíndez y su mujer Sancha hicieron una generosa donación al monasterio de San Millán de la Cogolla por la que le concedieron, en el confín del valle de Arciledo, la cuarta parte de la villa que ahora nos ocupa, "que llaman Arzileto, in ripo de Petroso". En el otorgamiento se incluían, como era norma en la época, los colonos de la explotación además de la porción del monte perteneciente al poblado, los prados, los derechos de soles, molinos, tierras y viñedos. En aquellos años los terrenos de cultivo eran en Arceredillo, como hoy, puntos tímidos en el conjunto de una enorme área no roturada y el monte debía ser rico en bellotas y muy útil para obtener maderas duras para fabricar muebles, carros y aperos de labranza. Por lo demás los desbrozadores habían acabado de limpiar el pequeño espacio que ocupaba las orillas del río y los claros se dedicaban ya a la producción de hierbas, cereales y viñas.

En diversas ocasiones durante los siglos X, XI y XII aparece en las fuentes escritas, siempre en relación con donaciones favorables al monasterio de San Millán, el topónimo de Arciledo. Es difícil, sin embargo, identificar en todos los casos y con seguridad a cual de los Arciledos del territorio del Urbión -Arciledo de Suso, Arciledo de Yuso y Arceredillo- se refieren los documentos. Algún autor ha situado los dos primeros entre las localidades de Soto y Garganchón y, efectivamente, en torno a las ruinas de la iglesita de San pedro de Arciledo, en la margen derecha del río y a la altura de la llamada fuente Santa, se edificó el caserío del primero de ellos, el de Suso.

En fecha que desconocemos, aunque traspasada definitivamente la Edad Media, Arceredillo pasó a formar parte como señorío del monasterio de Santa Clara de Belorado. El convento beliforano compró la aldea asistido por un privilegio real, que le eximía a perpetuidad del pago de primicias, tercias, el diezmo tercio y otras exacciones fiscales. Las rentas generadas por el arriendo del lugar se unieron así al formidable entramado de fincas, juros y préstamos monetarios -censos- que soportaba sobradamente la estabilidad económica de la institución religiosa. La jurisdicción del territorio, calificado de "muy frío y de muchas nieves", se estimaba en un cuadro de cuarto de legua de ancho por un cuarto y medio de largo y en él se incluía un corto comunero -el llamado Vallejo del Trigo- en jurisdicción y aprovechamientos de pastos y de leñas con Villagalijo.

A mediados del siglo XVIII el lugar había decaído hasta el punto de que únicamente se levantaba en él la casa del granjero. Dejando de lado los prados con nogales, un pequeño sembradío y alguna extensión de páramos miserables e improductivos, el monte  "de seiscientas fanegas" y el río Urbión seguían caracterizando de forma evidente el paisaje.

La importancia de la superficie boscosa del término se reflejaba en la notable cantidad de ganado que podía alimentarse con sus hierbas. Es más, el número de ovejas que podían mantenerse en el lugar seguía utilizándose incluso como instrumento de medición de la tierra, como arcaica unidad de superficie de las áreas no cultivadas. Para indicar la extensión del monte los comisionados del monasterio declaraban: "puede mantener con sus pastos 150 ovejas y para pasto para beraneo, 600 o más cabezas de ganado merino". La desusada valoración anterior revela también uno de los aspectos destacados de la pretérita realidad ganadera del país: el arrendamiento veraniego de los pastos comunales de las aldeas del monte y de la sierra a los rebaños de ovejas merinas.

El otro aspecto sobresaliente del rostro del paisaje es el río y sus orillas arboladas. El río, que en este punto se conocía por el nombre del poblado, Arceredillo, contribuía con sus truchas al sustento de su solitario morador. A mediados del dieciocho se estimaba en 54 libras por año el peso de las truchas pescadas en el tramo privativo del señorío, en realidad en todo su recorrido por el término de la granja. De esa cantidad el colono entregaba a las clarisas hasta 30 libras.

Los procesos desamortizadores del siglo XIX enajenaron del viejo convento de Santa Clara la antigua posesión de Arceredillo y precipitaron una secuencia de transmisiones patrimoniales privadas que se alarga hasta nuestros días. No obstante, hasta su pérdida definitiva, el pequeño señorío cumplió las funciones de excusado temporal para las monjas y, en ocasiones de guerra y extrema dificultad, sirvió de refugio para la comunidad. Así, en los años de incertidumbre que siguieron al decreto de Madoz, el desamparo del convento del campo de Bretonera llevó a las clarisas a buscar por última vez la protección de las montañas de Arceredillo. Probablemente en esos años del siglo XIX se remozó la capilla cuyos restos descarnados se veían, pegados al río y a la vivienda del granjero, hasta hace sólo algunos años.



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