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Fresneda se asienta a los pies de la Sierra de la Demanda y está regada por las aguas del Tirón.

Pozo Negro

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FOTOVista de Pozo Negro

Vista de Pozo Negro

En 1926, Víctor Castrillo Arribas escribió un opúsculo titulado "Historia del eremitorio de San Antonio del Monte". Por su rancio, pasional y catequístico estilo literario, fruto de la época y profesión de su autor, así como por el indudable interés de los hechos que se narran, merecería ser transcrito en su integridad, pero por obvios motivos de espacio, lo hemos resumido a los pasajes que, a nuestro juicio, mejor permiten situarnos y recrearnos con su lectura.

Nos habla en primer lugar de la trayectoria de Fray Lope Salinas de Salazar, fundador del eremitorio de San Antonio del Monte. Al parecer, este fraile franciscano hizo su profesión religiosa en el Convento de la Aguilera, junto a Pedro Costanilla, quien andando el tiempo se convertiría en San Pedro Regalado. Más tarde y guiado por un afán de mayor sacrificio, se retiró a la Sierra de Fresneda donde, según el escrito de Castrillo Arribas, con el patrocinio de los Condes de Haro, Pedro Fernández de Velasco y Beatriz Manrique, fundó el oratorio de San Antonio en el que, siempre según el autor, ocurrieron sucesos portentosos.

La fundación: "A este efecto fue a reconocer el paraje el Padre Salinas con algunos compañeros y, llevando por guía la corriente del río Tirón, llegaron hasta el término en que se forma el referido Tirón del caudal de tres arroyos afluentes suyos, por cuya razón se llamó y se llama Tres Aguas. Bajan éstas despeñadas de aquellas altas y agrestes sierras, que son las más elevadas de la Demanda, que ciñen estas regiones, coronadas en la mayor parte del año con nieves. Casi en lo más alto de estas cumbres, hay una laguna, llamada comúnmente "Pozo Negro" y que por su caudal y profundidad es admirable demostración de la Providencia Divina".

"Desde Tres Aguas avanzó por el lado izquierdo, entre las arboledas y por cuestas tan ásperas, que solamente pudo alentarle superior impulso, que le conducía a lo interior del desierto. A legua y media de Fresneda, encontró un bosque pequeño, rodeado de tan altos y ásperos peñascos, que hacen al parecer imposible la salida a otro país alguno. De estas rocas salen a porfía cristalinas aguas: visten de árboles y plantas silvestres aquellas ásperas montañas y todo forma un desierto. En lo natural, es habitación de fieras de manera especial, cuando el tiempo demuestra su poder con tempestades y nieves".

"Resolvió, pues, edificar en aquella soledad. A fines de 1428 y principios del 29, ayudado de sus compañeros y de muchos devotos del país, que piadosos le asistieron y principalmente de los que envió con este fin el Gran Conde de Haro, en breve tiempo se desmontó el terreno necesario y se formó un devoto eremitorio. Desde entonces, la Sierra en la que se levantó el eremitorio, tomó el nombre de San Antonio del Monte. Una vez fundado el pequeño convento, puso cuidado el Padre Salinas en los religiosos que en él habían de habitar: seis formaron primeramente aquella devota familia; cuatro para que encerrados pagasen al Señor las debidas alabanzas; y los dos restantes, para que se ocupasen en pedir y recoger las limosnas".

Primeros años del eremitorio: "En San Antonio del Salto, que también así se llamó por lo intrincado del terreno, después de muchos años, celebró su fundador, un Capítulo Custodia que llamaron aquellos padres antiguos el Capítulo de las Lentejas. Congregáronse en él más de 70 religiosos; y aunque el Hospicio fue más pobre que de esteras, el abasto y provisiones fueron abundantes".

Sigue narrando Castrillo la vida ejemplar de este eremita de Pozo Negro, que se hizo famoso por toda la Sierra de la Demanda y refiérese al hecho de cómo, hallándose postrado en cama, recibió la visita de su antiguo compañero San Pedro Regalado, para anunciarle su cercana muerte. Más adelante describe una serie de sorprendentes acontecimientos: "De este Convento refieren las antiguas memorias cronológicas de la Orden Franciscana, dos hechos portentosos del tiempo en que habitaron los primeros compañeros de Fray Lope Salinas. En cierto día llegaron a la villa de Fresneda muy tarde los dos religiosos limosneros del Convento de San Antonio. Muchos vecinos campesinos les rogaron se quedasen en el lugar, atendiendo al peligro que corrían en aquellos despeñaderos con las tinieblas de la noche. Resistiéronse a sus instancias, alegando que les era necesario llegar aquella noche al Convento. Viendo su resolución enviaron con ellos a dos hombres, los más diestros en aquellas estrechísimas sendas, para que les encaminasen. Al entrar en mayor estrecho y peligro se les aparecieron dos luces, como dos grandes antorchas que fueron delante alumbrándoles y mostrándoles el camino hasta llevarles al oratorio. Volvieron a la villa los dos hombres y testificaron el prodigioso suceso con que aumentó su estimación y devoción a los religiosos".

El gallo providencial: "En otra ocasión, caminando al referido Convento dos religiosos y habiéndoles anochecido, se vieron perdidos con temor a despeñarse sin saber en qué punto de la Sierra se hallaban. Aumentaba su amargura el ruido de las aguas que por aquella parte corren despeñadas en grande profundidad. En este triste estado clamaron a San Antonio y oyeron luego el canto de un gallo que había en el Convento, estando tan distante, que aún los mayores clamores fueran imprescindibles. Difundióles la voz del gallo aliento, reconocieron el lugar en que se hallaban y siguiendo la voz que el gallo repetía llegaron al eremitorio sin el menor tropiezo, reconocidos en extremo a su Santo Patrono. En cuya memoria se colocó una cruz que estuvo por el largo tiempo de tres siglos en el lugar donde los religiosos oyeron el canto del gallo".

El milagro de las lentejas: "En la segunda reedificación de este eremitorio, que llevó a efecto el religioso lego Fray Pedro Munilla, con permiso del ministro provincial en el año 1615, ocurrió el siguiente caso. Los que allí trabajaban, hallaron una escudilla con lentejas, tan frescas y tan hermosas que no parecía sino que aquel mismo día las habían depositado; siendo así, que estaban más de un metro debajo tierra y que habían pasado unos 152 años entre las ruinas del primer convento. Recogiéronlas con gran devoción y las trajeron a la villa de Fresneda de donde eran naturales ellos. Había en esta villa una niña de edad de cuatro a cinco años, hija de Juan Martínez de San Millán, Síndico del Convento de San Bernardino de la Sierra, la que era tan muda, como si le faltase la lengua".

"Llenos de confianza y devoción, invocando a San Antonio, le dieron una lenteja para que la comiese y, al punto que la tomó, en presencia de muchos observadores comenzó a hablar perfectamente con claridad y gallardía. Así lo dice con estos términos la información que se hizo de este milagro y que se conserva en el Archivo General de la Orden Franciscana. Guardáronse las restantes lentejas en la escudilla en que fueron halladas hasta que se gastaron en repetidos prodigios, con que San Antonio quiso honrar la memoria de los religiosos que yacen en aquel eremitorio, discípulos del Santo Fundador".

El perfume y la viga: Muerto Fray Lope Salinas en 1463 y abandonado el eremitorio por los religiosos que le acompañaron, pocos años más tarde el oratorio fue restaurado por un fraile de Villagalijo, llamado Fray Bartolomé Ortega. "Dedicose primeramente a la reedificación del Convento. En el levantamiento del mismo sucedieron varios hechos dignos de mención que obró la milagrosa imagen, para mostrar y confirmar, cuan de su agrado era la reedificación de este Convento. Entre estos fue, que abriendo los cimientos, sintieron los que allí estaban, un olor muy agradable que exhalaba una sepultura. Otro de los hechos que citarse merece, fue que habiendo caído unas vigas sobre los albañiles que allí trabajaban, salieron ilesos cuando el hermano Bartolomé les creía muertos".

Tentaciones en el Pozo Negro: "Fue muy perfecta la vida que aquí emprendió y observó el hermano Ortega. Su oración era muy continua y ferviente: su abstinencia grande; sus mortificaciones y penitencias terribles. Los demonios le persiguieron mucho visiblemente, inquietándole en la oración, apareciendo en espantosas figuras y haciendo mucho ruido, ya como de bandoleros que andaban a caballo dando terribles voces en derredor de la ermita, ya arrojando llamas que parecían se abrasaba todo aquel monte. El siervo de Dios seguía con inmóvil firmeza en la oración y aún la prolongaba más entonces; a la vista de lo cuál los enemigos huían. Un día le acometieron furiosos, queriendo arrojarle en la profunda laguna de Pozo Negro; invocó a su Santo compañero y al punto se libró de ellos".

Segunda restauración y el cuerpo incorrupto. Muerto Fray Bartolomé Ortega, en 1616 fue ocupado el oratorio por otro religioso llamado Pedro Munilla quien engrandeció todo el conjunto eremítico. "Al abrir los cimientos, dio un golpe con un azadón Fray Pedro Munilla, saliendo mucha sangre de la tierra la que exhalaba singularísima fragancia; continuaron cavando por ver cuál era la causa y hallaron un cuerpo entero e incorrupto: admirados con este hallazgo, echaron los cimientos por otra parte y bendijeron al señor  que le había querido manifestar cuál fue la santidad de aquellos benditos padres, compañeros del venerable Fundador. El mismo Fray Pedro Munilla y los otros obreros que con él estaban, certificaron que muchas veces al día y de noche habían visto dentro de la ermita un gran resplandor".

La lámpara milagrosa: "Terrible es el paso de la Demanda en tiempo de invierno por estar cubierta de nieve la que se posa resbaladiza por los hielos; y por otra parte es muy fácil perder el camino a causa de las continuas nieblas. Esto mismo sucedió a unos hombres que venían de la otra parte de la Sierra extraviados en tiempo de invierno, los que después de muchos trabajos y teniéndose ya por perdidos con el frío tan intenso que hacía, llegaron al anochecer al Convento de San Antonio y habiendo forzado la puerta, entraron en la capilla, encontrando la lámpara del Santo encendida, sirviéndoles así para hacer la lumbre, pues de lo contrario helados de frío hubieran muerto; como sucedió a otros muchos que intentaropn pasar la Demanda, pagando su temeridad con la pérdida de su vida".

"Llegan por fin a Fresneda y, admirados al ver venir a aquellos hombres por tales caminos, preguntáronles dónde habían pasado la noche, a lo que respondieron que en San Antonio: noticioso Fray Pedro Munilla que estaba en Fresneda, fue a verse con ellos quienes le comunicaron todo lo ocurrido en el eremitorio; extrañole sobremanera lo allí acaecido, pues faltaban muchos días ya por la mucha nieve que había caído, no pudiendo por esto subir al eremitorio. Este hecho hizo que se tomara gran devoción aún a la misma lámpara".



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