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El Rebollo, un elemento etnográfico vivo

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(Por Juan José Martín García).

En Pradoluengo aún se mantiene una tradición secular, el convite que ofrece la novia a amigos y conocidos en la víspera de su enlace matrimonial. El Rebollo es una fiesta en la que se canta, se baila, se come y se bebe a la salud de los novios como signo propiciatorio de una buena boda.

El matrimonio constituía en las sociedades tradicionales uno de los tres momentos fundamentales de la existencia. Los otros dos eran el nacimiento y la muerte. Las distintas vertientes de este episodio, se vivían con anhelo vehemente por parte, no sólo de las familias de los novios, sino por los distintos componentes de las pequeñas comunidades rurales. Prácticas entre lo religioso y lo profano con el fin de conseguir novio, como la intercesión de San Antonio que cuenta con una ermita en Pradoluengo, de celestinas casamenteras, ferias de novios como la celebrada antiguamente en el despoblado de Villargura, entre Zalduendo y Arlanzón, enlaces entre parientes con el fin de que las fortunas familiares no menguasen, arreglos entre padres sin contar con la voluntad de los hijos, designación de padrinos que pudiesen hacer frente al pago del vino y las propinas, etcétera, formaban parte de un rito de trascendental importancia, no sólo para los protagonistas, sino para sus familias y para el resto de la sociedad a la que pertenecían. Épocas como la primavera o el final del verano, eran antaño las más socorridas para los casamientos, hábito que no ha variado substancialmente, ya que en la actualidad son los meses de verano los que computan un mayor número de celebraciones.

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Las fases que conducían hasta el desenlace final de la boda, estaban perfectamente delimitadas en tiempos pasados. Las distintas etapas del cortejo se debían seguir con cierto rigor ante la importancia que suponía el paso del matrimonio. En primer lugar, se producía la declaración del novio, que podía ser por medio de la palabra o con la entonación de distintos cantares, aunque también cabía la posibilidad más prosaica de entregar a la moza pretendida distintos bienes de la matanza. Incluso, si eran requeridos, tanto el novio como la novia, participaban en las labores de las casas de los padres respectivos como muestra de su relación. Una etapa del itinerario previo a la boda, consistía en la entrega de regalos. Anillos, pendientes, pañuelos o flores, se enviaban a la novia con la pretensión de cuajar un futuro matrimonio.

El tiempo de noviazgo solía ser más reducido que el recorrido por las usanzas actuales, al igual que la edad de maridar, que se situaba en torno a los veinte años. Las actividades comunes de los novios consistían en dar multitud de paseos, bailar en el baile de la plaza, siempre, claro está, a una distancia prudencial, en conversaciones por la ventana, en acompañar a la novia cuando esta iba a la fuente a por agua o en citarse en las romerías y fiestas del pueblo. Avanzada la relacíón, el novio podía entrar en casa de los padres hasta el portal y, ya cercana la fecha de la boda, podía subir "hasta la cocina".

También el tiempo de noviazgo contaba con sus cantares propios, con gran variedad de coplas o serenatas: "Toma niña ese puñal / Ábreme por el costado / Y verás mi corazón / De quién está enamorado". Incluso, si los padres no estaban muy conformes con la relación, existían fórmulas para rondar a la novia: "Aunque tu madre te meta en un cofre / No te faltará quien te ronde de noche / Aunque tu madre te meta en el arca / No te faltará quien te ronde la casa". Otra costumbre cuando el noviazgo estaba adelantado, era la de enramar las ventanas o balcones de la casa de la novia durante la noche de San Juan. En Pradoluengo, las ramas preferidas eran las de saúco, con su penetrante olor característico, adornadas con rosquillas o pañuelos de seda.

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El paso siguiente en este largo proceso era el de las capitulaciones, llamadas desposorios en algunas localidades. En ellas se trataba de los vestidos de los novios y de las mandas o donaciones que iban a recibir por las familias. En ocasiones los consuegros intentaban obtener de la otra parte las mejores donaciones, porque conocían que las promesas se las llevaba el viento tras celebrarse la boda. De ahí el dicho de que "lo que no viene a la boda, ni viene a toda hora". En el alto valle del Tirón, los padres y parientes más cercanos regalaban a los novios animales de labranza, grano para afrontar la cosecha y ajuar para la casa. Si los novios se casaban en primavera, era costumbre que permaneciesen en casa de sus padres respectivos, al menos hasta que se recogiese la cosecha del verano, como muestra de buena voluntad de los casados, ya que el factor trabajo era de vital importancia en las sociedades preindustriales.

Todas estas costumbres se fueron perdiendo. La década desarrollista de los sesenta del pasado siglo, tildó de "antiguallas" los distintos pasos a dar, olvidando estos ritos como trastos viejos en el baúl de los recuerdos. Por el contrario, se empezaron a extender imitaciones mal entendidas -casi siempre de los aspectos más penosos- de costumbres exógenas a nuestra cultura, que fueron equiparando las uniones de las parejas en un rasero de nivelación uniformizadora que en ocasiones raya con lo chabacano y cutre.

No obstante, aún perduran ciertos aspectos interesantes de nuestro pasado. En Pradoluengo, aún hoy, se mantiene viva la tradición del Rebollo. El Rebollo consiste en la celebración durante la noche víspera de la boda, de un convite por parte de la novia a todos sus amigos, conocidos y familiares. A lo largo de las varias horas que dura el Rebollo, los asistentes cantan y bailan, beben y disfrutan de la compañía de los novios en su última noche de soltería.

Los Rebollos han variado a lo largo del tiempo, pero conservan la misma función con la que nacieron hace siglos, la de la despedida. En los pueblos del Valle de San Vicente, los mozos acudían a la casa donde se iba a celebrar la boda y pedían una propina que se denominaba Rebollo. Con esta propina se hacía una merienda que comenzó a denominarse como la propia "paga" que la hacía posible. Parece claro el matiz de cierta exigencia de una compensación en metálico por parte de los mozos que se "desprendían" así de una posible candidata en el mercado matrimonial y, por tanto, la obligación de esta de cumplir con el Rebollo. Máxime si el novio era forastero, lo que aumentaba la cantidad a pagar por este concepto.

A lo largo de los meses de primavera y verano, en Pradoluengo se sucederán los Rebollos. Las cuadrillas acudirán a las casas de las novias para beber vino y pacharán casero y degustar pastas y rosquillas. La música de una charanga, una guitarra o un tocadiscos, con las canciones de siempre o las más populares del momento, animará las noches estrelladas del verano demandino. Será entonces cuando, dentro de las cuadrillas de esos jóvenes enganchados a la era de las nuevas tecnologías, aún se oiga con cierto tono de rito iniciático: ¡Vamos al Rebollo!



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