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Hacinas, un pueblo que arrastra siglos de historia.

Santa Lucía

Fiestas

FOTORomería de Santa Lucía

Romería de Santa Lucía

Una de las fiestas populares de más tradición, tanto para los vecinos de Hacinas como para miles de serranos, que todavía se conserva en el siglo XXI con toda pujanza, es la Romería de Santa Lucía, que se celebra el domingo antes de San Mateo (21 de septiembre). Según cuenta la leyenda, la imagen de la santa fue encontrada en un hueco de la roca donde actualmente se alza la ermita. Es tradición asentada el que se celebre un mercadillo popular en la campa de la ermita. Por otro lado, forma parte importante de la fiesta que las mujeres de Hacinas, ataviadas con el traje típico, bailen a la santa.

OTRAS FIESTAS. La villa de Hacinas es fiel a sus tradiciones y ha conservado muchas que se siguen celebrando generación tras generación (una de ellas es la del Reinado). Tienen en Hacinas por costumbre elegir entre los mozos un rey en Navidad; esta tradición se celebró año tras año hasta 1952, que se perdió. Ahora se ha vuelto a recuperar, pero se ha trasladado de fecha y se celebra en agosto. Tradiciones en el pueblo de Hacinas hay muchas; quizás, una de las más destacadas sea también la matanza -"remojón" como dicen los del pueblo- aunque ahora mismo la hace cada uno en familia.

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Transcribimos un texto sobre la Romería de Santa Lucía, aparecido en la revista Amigos de Hacinas, número 129 y cuyo autor es Antonio Cámara Antón:

"En una de las tertulias que se organizan antes de la entrada a la novena de Santa Lucía, salió el tema de cómo era antes la fiesta y sus cocederos, sugiriendo que estaría bien llevarlo a la revista y esto es lo que voy a intentar. En esta ocasión se hablaba de cómo era Santa Lucía por la década de los años de 1945 a 1955. Todos sabemos lo que ha cambiado la vida en estos sesenta años, nuestra fiesta y entorno tampoco se han librado de ello.

La vida en el pueblo y comarca era eminentemente agrícola-ganadera. El vehículo casi no se conocía, los largos recorridos se hacían en coches de línea (autocar), donde las mercancías de todo orden viajaban en la baca, incluidos animales, como gallinas, corderos o terneros. Si había más demanda de billetes que asientos, las personas excedentes también viajaban en la baca junto con las mercancías, dando lugar a alguna anécdota. En una ocasión, en esa baca iban pasajeros y entre las mercancías un ataud. En el camino empezó a llover, uno de los pasajeros para no mojarse se metió dentro del ataud y se durmió, cuando fueron a bajarlo vieron que pesaba mucho, la sorpresa vino al abrirlo y ver su contenido. Otro medio de transporte era el tren de vapor con vagones corridos y asientos de madera (este medio duró de 1927 a 1984), por él llegaban personas y mercancías hasta la estación de Salas situada en término de Hacinas. En estos trenes, con frecuencia la calefacción no funcionaba, y en ocasiones había que darse tortas uno a otro para no perecer de frío. Los recorridos más cortos y a veces no tanto, se hacían en caballerías o a pie.

Por estos medios llegaban los romeros con buena dosis de fe a Santa Lucía. Los del tren (incluidos los del especial que ese día venía desde Soria), hacían el recorrido de la estación a la ermita a pie, como si de una procesión se tratara. Los que venían a vender los productos artesanales, destacando los cencerros, botijos, pucheros, cazuelas, sandías, melones, uvas y otros, lo hacían en carromatos tirados por caballos o mulas, llegando la mayoría de ellos la víspera durante toda la tarde y noche, pasando esta en las inmediaciones de la ermita animados por los relinchos y rebuznos de los animales de tiro o carga. Los simples romeros también llegaban andando y con caballerías, que luego atarían en las matas de alrededor de la ermita si no tenían alguna amistad en el pueblo que les facilitara un local para el animal y las alforjas. Como estos romeros empezaban a llegar la víspera o muy de madrugada, para atender sus necesidades gastronómicas no faltaban puestos donde hacían sus guisos de carne, cangrejos, barbos y algún otro, todo ello con fuego en el suelo y a la vista del público. Tampoco faltaba el churrero, en este caso el enano de Salas montado en su silla triciclo, que endulzaba los desayunos. Pero el menú por excelencia era el cuarto asado.

Para preparar estos cuartos asados, algunos hacinenses habían hecho unos pequeños edificios con horno. Los hornos se calentaban convenientemente a partir de las dos de la madrugada, con ramas de roble o estepas, primero se asaban las cabezas de los corderos, que los romeros compraban para almorzar, luego en tarteras de barro se pondrían los cuartos, dos por tartera, para tenerlos a punto para la hora de la comida, comida que luego realizarían a la sombra de algún árbol en los prados del entorno. Los precios rondaban las doscientas pesetas por cuarto. Para acompañar este exquisito menú, nunca faltaba el vino clarete de Ribera servido en los jarros de barro comprados previamente en los abundantes puestos de las inmediaciones de la ermita. En lo del vino diremos que era la única bebida que en esas fechas se conocía. En las cantinas, un vaso de vino su valor era diez céntimos, por ello a veces en vez de pedir un vaso de vino, se pedía un diez.

Hacinas por estas fechas contaba con 120 vecinos, equivalentes a 500/600 habitantes, quizá uno de los momentos de mayor población de su historia. Los hacinenses dentro de la precariedad recibían la fiesta con mucha ilusión, así, después de terminado el duro verano se afanaban por poner toda la ropa en orden, efectuando lo que llamaban la colada. También la casa había que ponerla limpia y quitar todas las telarañas del verano. Esta faena siempre la realizaban las mujeres, consistía en jalbegar la casa. Para ello, primero había que ir con la burra y los alforjones a las inmediaciones de la Peña de Villanueva en la zona de Matamala. Allí se conseguía una masa arcillosa algo grisácea, después disuelta en agua y aplicada sobre las paredes de la casa quedaba completamente blanca y con un olor muy agradable.

Los que tenían alguna posibilidad económica se esforzaban por comprarse alguna prenda para estrenar el segundo día de la fiesta que era el grande para los del pueblo. También había que preparar la intendencia para los días de fiesta y poder dar de comer a los que nos visitaban. Lo corriente era que en cada casa se matara un cordero que ya hacía tiempo tenían destinado para este fin. Los que habían de abastecer los hornos para los cuartos asados también mataban sus seis u ocho corderos o chivos, tarea que se realizaba el sábado por la tarde. Todo este trajín hacía que los pieleros de Mamolar o Doña Santos no pararan de pasar por las puertas para comprar las pieles. La posada, era el "hotel" que daba cobijo a estos pieleros y a los vendedores ambulantes en fiestas y fuera de ellas. En ella se refugiaban animales y personas. Los animales era normal que durmieran en la cuadra, pero también lo hacían las personas en la pajera y, sólo alguno más privilegiado podría dormir en una habitación o en la cocina sobre una saca llena de paja, sin más aseos ni comodidades.

El fondo de la fiesta era la fe y la religiosidad. Había ofrendas de variadas formas, era muy corriente que las mujeres ofrecieran sus largas trenzas de pelo cuando estas se las cortaban. Luego estaba lo de encender unas velas, no faltando los vendedores que las anunciaban con el culo colorado. Las limosnas, como el dinero era escaso, lo hacían en especie, concretamente trigo. Sobre el año 1934, se recogieron 51 fanegas, confirmado por la hija del que en esa época era el mayordomo. En la procesión, los que bailaban delante de la imagen eran los mozos, con frecuentes vivas a Santa Lucía. Para que los mozos avanzaran, era la Guardia Civil con sus mosquetones los que los empujaban, algunos solían ir algo cargados de vino, creando con frecuencia alguna polémica.

La fiesta de Santa Lucía en estas fechas era el domingo y el lunes, aunque el sábado por la tarde se celebraban las vísperas con toda solemnidad. En Hacinas cuando los actos litúrgicos se celebraban en la ermita había una contraseña, después del toque de las campanas, consistía en dar nueve campanadas que indicaban que la ceremonia era en la ermita. Hay que situarse en el momento y pensar que en esta fecha el Concilio Vaticano Segundo no estaba en vigor, los sacerdotes vestían de sotana rigurosa, en la misa el celebrante lo hacía de espaldas al público y todo en latín menos el sermón. Para seguir la misa, las mozas solían llevar un misal en castellano, incluidas algunas que no sabían leer. Por las tardes no se podían decir misas, a comulgar había que ir en ayunas y previa confesión reciente, las mujeres no podían entrar en la Iglesia sin la cabeza cubierta, llevando las mayores la clásica mantilla y las mozas el velo".


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